miércoles, febrero 14, 2007

nostalgia de lo cotidiano

Me levanté tarde. Adormilado, abrí un mi ojo derecho sólo para comprobar que era un día más de otoño. El cielo estaba gris, y en la ventana todavía quedaban gotas de lo que parecía haber sido una lluvia pasajera. Me levanté temblando, con ese frío nervioso que se me produce al comprobar que no hay nadie en casa. Miré por la ventana. En la calle unos niños pequeños jugaban en el suelo fingiendo ser mayores, pero sin serlo. Un dolor agudo me hizo tomar conciencia de la realidad de una forma brusca y sorda. Sin pensarlo, encendí la cafetera y miré a mi alrededor. Todo estaba exactamente igual que la noche anterior, exactamente igual que como lo habíamos dejado. Restos de una noche mágica y convulsa, en la que juntos tomamos la decisión del nunca más. Sin pensarlo, recogí las piezas no encajadas de mi pasado inmediato y me senté en el sofá. No quería pensar, no quería. Sin saber porqué, deslicé mis dedos hacia el dvd y enseguida sonó de fondo la maravillosa voz quebrada de Cobain. Prendí la taza con las dos manos, esperando que su calor me transfiriera una sensación más agradable. En ese momento, mirando las cosas que tenían tu nombre, escuchando una letra que decía tu nombre, paladeando a disgusto el sabor dulce de la amargura. En ese momento te echo de menos.